Mario Pérez Antolín

Mario Pérez Antolín

Escritor

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El amor nos anestesia el costado por el que entra la espada del desamor.

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Lo bueno de las causas perdidas es que nunca se pueden echar a perder.

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Desde el púlpito, los dogmas caen como bombas de precisión sobre la población indefensa.

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Con la primera mentira acaba la infancia, con la primera nostalgia empieza la vejez.

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¿Qué tendrá el prestigio, que una sola falta lo arruina y mil méritos no lo alcanzan?

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Hincha al vanidoso con lisonjas hasta que reviente. Siempre será mayor tu capacidad de cebar que la suya de digerir.

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La mentira se nutre de trozos de verdad debidamente desubicados.

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Siempre habrá quien no te perdone el favor que le hiciste.

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La derrota es lo único que nos humaniza; pletóricos damos miedo.

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Si quieres que la ruina se cebe con alguien, basta con alabarlo efusivamente delante de sus compañeros. La envidia hará el resto.

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La mansedumbre con que cae la nieve congela el tiempo.

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Se llora igual en todos los idiomas, se ríe igual en todos los idiomas: solo la angustia y la chanza nos hermanan.

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Deberían subtitularnos cuando pensamos y, cuando hablamos, deberían enmudecernos.

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Un crítico literario que se precie, llevado al extremo, debe ser capaz de morir por un buen libro y de matar al autor de un mal libro.

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El paso de la idea a la ideología obliga a convertir al pensante en creyente.

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Que me quieran los íntimos, que me estimen los allegados y que no me incordien los demás: a esto se reduce la socialización.

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En la naturaleza nada desentona, ni siquiera la catástrofe natural.

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Cuando te esfuerzas por mantenerlo, el amor se acaba inevitablemente.

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Muchas mujeres solo comprenden a sus maridos cuando están en brazos de sus amantes.

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La vida consiste, mayormente, en torpes intentos de parar desdichas imparables y en inútiles tentativas de alcanzar deleites inalcanzables.

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Lo tiene todo: salud, riqueza, sabiduría… Y, además, el muy ansioso aspira a la felicidad.

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Por algo será que las religiones monoteístas más importantes surgieron en lugares desérticos y semidesérticos, donde abundan los espejismos.

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Los objetos también manifiestan su dolor en ocasiones. Lo que pasa es que, como no saben gritar, chirrían únicamente.

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Aunque nos parezca imponente la estatua broncínea del prócer, por dentro está hueca y por fuera está llena de excrementos de pájaros.